Creaciones

Para mi madre

¡Ven!

¡Ven conmigo!

Se oculta el sol, llega la noche y en el mundo de los sueños, cada uno de nosotros espera en su estación para subir a bordo en el autobús que nos lleve al lugar donde somos nosotros mismos, nuestra imaginación.

Son las dos de la mañana en un frío viernes de agosto, me dirijo hacia mi hogar, una pequeña casa al sur de la ciudad que pago desde hace tres años con la poca herencia que nos dejó mi padre y un trabajo de medio tiempo. La casa tiene una vista excepcional, la cual pude comprar a un generoso viejo que a su suerte no tenía familia y no quería dejar su casa a manos de una entidad financiera o al azar del destino. Cuando llegamos, la casa estaba en ruinas, las paredes estaban llenas de humedad, algunas paredes se derrumbaban, las telarañas cubrían los rincones de la casa y los gorgojos se comían algunas puertas de madera, pero con mi madre hicimos de esta casa un hogar cálido y armonioso. Al pasar el tiempo, jamás lo volví a ver en persona, pero el acuerdo consistía en dejar el dinero el treinta de cada mes en una cabina telefónica abandonada justo al lado de la última parada del autobús, así sería cada mes y así se hizo hasta hoy que, por fin, puse el ultimo monto de dinero.

Llego a la última parada del autobús y me despido con una sonrisa del conductor que siempre me lleva a casa. “¿Todo va bien?”, pregunta el conductor. “De maravilla” “¿por qué me hace esa pregunta?”, le respondo de inmediato. “Es solo que la noto fatigosa y más delgada”. Nos quedamos unos segundos mirándonos hasta que caí en la cuenta que debía llegar rápido a mi casa. “Debe ser por el trabajo, a veces es muy agotador, gracias por preguntar”, respondo animadamente, “me tengo que ir, pase una buena noche”. El conductor se queda con las palabras en la boca y me ve alejarme.

Miro el pequeño letrero donde se puede leer, «BIENVENIDO AL CIELO» tallado en madera de roble blanca y descolorido por la lluvia, “tengo que pintarlo”, pienso. Empiezo a subir las cien escaleras que me llevan a mi pequeño cielo. Mientras subo las escaleras pienso en mi padre. Él se suicidó hace tres años y medio debido a los malos negocios financieros. El creía que tener una vida crediticia era lo más importante para lograr un estilo de vida mejor, un préstamo bastante alto y unos intereses desorbitantes pudieron con él. Hasta el día de hoy no puedo comprenderlo, pero lo puedo perdonar porque fue su decisión. No fue un mal padre, recuerdo como me contaba sus cuentos favoritos de terror a escondidas de mi madre, pero ella se daba cuenta al ver que no podía dormir en la noche. Cada noche esperaba un monstruo en mi cuarto. Hasta que un día mi padre me dijo: “Si dejas que tu cerebro se enferme de miedo se podrá divertir torturándote, hablándote, matándote de miedo”. Así que, desde entonces, espere al monstruo con coraje y con decisión de convertirme en su amiga.

Ya faltan pocas escaleras y allí está mi madre en la ventana, como siempre, observándome con sus hermosos ojos color miel, una taza de chocolate entre sus manos y un cobertor rosa sobre las piernas con el que me arropaba cuando era una niña. “¿Que haría yo sin esa mujer, de cabello corto y blanco, de piel blanca y arrugada?”, me pregunto cuando la veo sonreírme y saludarme con una mano, en un segundo me hago chiquita frente a ella y pienso lo débil que soy.

Atravieso el jardín y abro la puerta. Empiezo a oler el mejor aroma del mundo, la comida de mamá recién hecha. Y ahí está mi otro amor, mi pequeña Poe, roza con su cuerpo mis piernas en signo de que tiene hambre, pero no le puedo dar ese lujo, por más que la quisiera mi madre ya le da la suficiente comida durante el día y además le limpia todas sus heces. Mi madre ya no trabaja, pero le gusta ocuparse de las labores de la casa, Poe, entre otras cosas. A ella no le gusta sentirse inútil y disfruta de esos pequeños detalles.

Está en la cocina con su delantal rojo con cuadros blancos, la abrazo y la beso en un cachete mientras ella sirve la cena. Hoy recorro todas las habitaciones de la casa y me quedo pensando que finalmente la he terminado de pagar, que es de nosotras y que nadie no la podrá quitar, esto ya era un logro y el nuevo comienzo. La ayudo a colocar los platos en la mesa, cenamos y hablamos un rato, del trabajo, de mi universidad, de mis compañeros y de por qué ya no vienen a la casa, entre otras cosas.

Ahora no hablo mucho con mis compañeros, pero cada vez que los veo me dicen: “debes ser fuerte” “todos siempre tienen que ver a un familiar morir” “la vida es un ciclo que acaba con la muerte y deja una angustia y soledad, pero estamos obligados a dejarlos ir y a ser felices a medida que pasa el tiempo”, supongo que lo dicen por mi padre, pero eso hace ya tiempo que paso y ya no me afecta tanto.

Al terminar de cenar, lavo los platos en un santiamén y nos vamos a dormir juntas en su cama. Me hundo en sus brazos, me doy cuenta que el calor de alguien más a mi lado me hace dormir mejor, estiro una pierna, la pongo encima del cuerpo de ella y quedo en un sueño profundo. En mi sueño veo que el monstruo por fin va a aparecerse frente a mí, hoy será el día en que lo pueda enfrentar.

En la mañana, me despierto temprano y me levanto cautelosamente para no despertar a mi madre que duerme con la boca abierta. Voy a mi estudio, empiezo a escribir todo lo que aconteció las últimas horas. El escribir nunca lo vi como una pasión, mi idea es desahogarme y escribir todo lo que no he podido decir. Es más fácil escribir que ser juzgado.

Al cabo de una hora llaman a la puerta, me quedo sorprendida, “nadie viene a esta hora” “¿Quién podría ser?”, pienso por un minuto, suena otro golpe y salgo de mi conmoción. Voy a la puerta y pregunto: “¿Quién es? “Soy yo”, reconocí al instante la voz del conductor. “¿Qué hace aquí?, le pregunto. “Eh… yo… solo quería pasar a saludarla este fin de semana, pensé que… quería compañía, pero si está ocupada puedo irme y volver otro día”, dijo rápidamente. Cuando abro la puerta él se ve algo nervioso, pero lo dejo pasar. “Siga”, le digo, “siéntase como en su casa”.

***

Cuando el conductor entró a la casa se sintió un poco atrofiado al oler el moho, la ropa sucia y las heces de gato, pensó que la chica estaba pasando por un mal momento desde la muerte de su madre. Continuamente ella llamaba a su madre para saber dónde estaba aquello y lo otro, pero obviamente no le respondía. Su madre había muerto hace dos semanas, cuando un infarto al corazón le robo su vida. En todos los alrededores se enteraron y asistieron al funeral, menos su hija. Se dio cuenta que la situación era grave, ella era feliz con sus alucinaciones y delirios de ver a su madre viva, pero no podía vivir así, tenía que afrontar la realidad, enfrentar su monstruo. El conductor entendió que debía decirle la verdad, pero sabía que ella no le creería. A pesar de eso, él se sentó en una banca y le empezó a decir que su madre era una alucinación y que ella había muerto. Ella no dijo nada, solo le pidió que la dejara sola.

***

Estuvo cinco días encerrada en su casa, comiendo los pocos vegetales naturales que quedaban y bebiendo la leche cortada de hace dos semanas, no se sentía ella, y le dolía todo su cuerpo. La ansiedad le hacía rascar su propia cara hasta que brotaba sangre, buscaba toallas de papel en el baño para poderse limpiar la sangre, pero el papel solo lo empeoraba porque se le quedaba pegado a la piel, y para quitar el exceso de papel y piel, busco un depilador de cejas y se los empezó a remover. A ratos veía a su madre sentada junto a ella, pero tenía que aceptar que no era real. Y que su cerebro estaba jugando con ella tal como su padre le había dicho. ¿Qué era real?, ¿qué era un sueño?, ¿qué era una alucinación? Al siguiente lunes la vieron salir de su casa, dejo una nota en su escritorio que decía: cuiden a Poe por mí. Nadie la detuvo para preguntarle a dónde iba, si se encontraba bien, o que eran esos hematomas en su cara.

***

Trato de entender que se cumplen tres semanas desde la muerte de mi madre. No recuerdo bien su rostro, ni su sonrisa, ni su cabello. Pero hoy estoy aquí esperando el autobús para ir a trabajar.

¡Escucho el motor del autobús acercándose por la carretera!

Lentamente cierro mis ojos, alzo mis brazos al viento, mi cuerpo se aliviana y cae sobre la carretera. Sí, ya llego mi autobús, es hora de irme; y con el, mi mundo de sueño comienza. Solo me queda desearles dulces sueños porque no sé si yo los tenga.

BIENVENIDO AL CIELO

Karen Morales Gómez

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2 comentarios en “Para mi madre”

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